lunes, 14 de mayo de 2012

Desde "NUEVO BASKET"

EL MILAGRO DE LA ACTITUD

Por Franco Pinotti

¡Qué final! Podríamos recurrir a todos los tópicos del mundo, y estoy seguro que si repasamos los distintos medios de información los vamos a encontrar casi todos - ¡los tópicos! - pero la realidad es una: ha sido el triunfo del coraje, de la fe en las propias posibilidades, por nulas que éstas fueran, de la ACTITUD, y lo escribo en mayúscula porque es una palabra que gusta cuando tenemos que aplicarla a los demás pero que nos cuesta cuando se refiere a uno mismo, en este caso a un grupo de jugadores; una actitud que emana de hechos y no de palabras, de situaciones límite que en lugar de agarrotar la mente, despejan las ideas y llevan a realizar hazañas. Una hazaña, en este caso, que pasará a la historia sino del deporte, sí del baloncesto.
 
Me alegro incluso por un motivo extra deportivo. Grecia, y no voy a dar detalles que todos los que se preocupan de lo que pasa en este mundo ya conocen, está viviendo una situación social que ya ha rebasado el nivel de lo difícil. No nos vamos a engañar: como país está al borde del abismo por culpas propias y dejadez ajena, y a lo mejor un episodio como éste podrá servir para fortalecer o recuperar en parte la autoestima que tanto necesita y con ella el valor para dar un paso adelante de la misma manera que lo han dado un grupo de jugadores que, ¡perdidos al río!, cual nuevos espartanos en las Termópilas han sido capaces de enfrentarse al poderoso, al invencible y derrotarlo y de la manera más dramática posible, recurriendo a la épica.
Me gusta doblemente porque el Olympiacos es un equipo en el que los jugadores griegos, o sea de la casa, han tenido la voz cantante, han sido los que han decidido, los que se han liado a tortas con su propia ineficacia hasta derrotarla, y una vez encontrado el camino lo han enfilado con una confianza pasmosa.
 
Reconozco que soy un amante de la historia griega; por ello en el momento en que Printezis se elevó lanzando su semigancho en extensión tras recibir la asistencia de Spanoulis, me vinieron a la memoria otros grandes héroes del pasado: Leónidas, Epaminondas, Milcíades, Temístocles, Pericles, etc., personajes que hicieron grande a su país y cuyos nombres han superado la barrera de los siglos.
Ahora en Grecia tienen uno más, y espero y deseo que, como mínimo, sirva de provecho moral a una sociedad que en la actualidad está en un estado catatónico y necesita más que nadie que alguien la revitalice de la forma que sea, de la misma manera que lo necesita la nuestra, ¡que no vamos tan sobrados!
 
Volvamos a lo nuestro, al baloncesto. Uno siente emoción cuando asiste, aunque no sea en directo, a una empresa similar. Hasta llegas a olvidarte que el partido ha sido en algunos momentos absolutamente penoso, rozando lo esperpéntico, como en el primer cuarto cuando todos los jugadores estaban absolutamente reñidos con las canastas: un “espectacular” 10-7, ¡parcial de minibasket!
La pregunta que uno se hace es ¿por qué este bochorno en pista?
Tengo varias respuestas, pero la principal es que creo que cuando se llega a una final, o a un partido de cara o cruz, todos -aunque sea inconscientemente, como pudimos comprobar también en el caso del Barcelona en semifinal- cambian su forma natural o habitual de jugar. Así comprobamos que la tendencia es botar y botar en lugar de mover el balón rápidamente y ...¡moverse!, que es el primer mandamiento del buen jugador de básket.
 
Se renuncia a la primera buena opción de finalización e incluso a la segunda, para luego hacer un mal tiro o ...¡no tirar!
 
Mientras los dos entrenadores, veteranos y experimentados, hablaban con sus jugadores llegue a pensar que el exceso de scouting está matando la creatividad del juego en todos los aspectos: ofensivos y defensivos.
 
Los jugadores están tan mediatizados sobre lo que hace el rival o los rivales, que se olvidan de lo que tiene que hacer bien uno mismo. Así Teodosic dio todo un recital de errores; nadie fue capaz de sugerir a Kaun que se situara cerca del aro para recibir cuando lo marcaba Hines, quince centímetros más bajo, en lugar de realizar inútiles bloqueos a nueve metros del aro. Antic atentó al estado físico de los espectadores de las primeras filas con sus triples que no tocaban ni el aro, y así podríamos seguir hasta el infinito.
 
Pero lo bueno de este juego es que en cualquier momento sale el toque de genialidad. Cuando todo está enrevesado y nadie ve el camino claro, los que tienen más talento de repente despiertan, aclaran el panorama y nos meten en el verdadero espectáculo que representa nuestro juego cuando está bien....¡jugado!
 
Me quedo con las pinceladas de Teodosic que, tras un primer cuarto infame, encendió la mecha de la emoción “enchufando” tres triples en un minuto y la pincelada de genio picassiano de la asistencia con las dos manos mirando para un lado y dándola al otro. ¡Genial!
 
Y detrás del “genio”, toda la banda, y para el Olympiacos se acabó lo que se daba. Y todos los que mirábamos el partido llegamos a pensar que realmente había algo de injusticia en que el Barcelona, con un potencial netamente superior, no hubiese llegado a la final: ¡hubiera plantado cara de una forma bastante más eficaz de lo que lo hacían los griegos!
 
Y mientras dábamos recorrido a nuestras tonterías y los rusos ya habían sacado el champagne y las camisetas de campeones, Shved perdió un par de balones por querer levantar el ¡ahhhh! de admiración del respetable, e Ivkovic tomó la decisión de sentar a su estrella Spanoulis y sacar a “sus espartanos”, a los obreros del parket.
La historia cuenta, o yo quiero imaginarla así, que cuando espartanos y atenienses se alían, nadie los puede derrotar y.....¡no lo iban a hacer unos rusos de las estepas!

Mantzaris, Sloukas, Papanikolaou y compañía se convirtieron en una auténtica pesadilla para el rival: defensa, contraataques, triples. Hasta los mediocres americanos del equipo se animaron y por lo menos se fajaron. Y llegó la locura final; a Teodosic le tembló el pulso: 1 de 2 libres; la muñeca de Siskauskas fue un tsunami: 0 de 2 libres.....y...llegó Printezis y la apoteosis que todos conocemos.
 
No ha sido un gran partido de baloncesto, y tampoco ha sido una gran final pero sí ha sido la más emocionante, la más emotiva, la que ha explicado a los sabios y a los profanos que el factor humano, o sea simplemente la actitud, en cualquier actividad en la que están involucradas personas mínimamente inteligentes, sigue siendo lo más importante, lo que determina nuestro devenir, que depende de la capacidad que tenemos de crear dentro de la lógica disciplina de cualquier actividad de grupo.

Antes de ver este partido estaba convencido que el baloncesto se tenía que ver bajo este prisma si queremos que siga progresando. Después de este partido, estoy seguro que es la única vía posible. Ivkovic y sus “atenienses-espartanos” nos lo ha demostrado.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario